Un hijo del finado cantante está involucrado en un caso judicial, pero los portales web insistente en publicar el nombre y las fotos del artista sin la menor consideración ni respeto por su memoria.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
En las últimas horas me puse a leer una noticia judicial según la cual la Policía había capturado a una banda de prestamistas ilegales, entre cuyos integrantes figuraba un hijo del finado cantante vallenato Diomedes Díaz con Betsy Liliana González.
Dada la insistencia de distintos portales en mencionar el nombre del cantante, me puse a revisar con lupa los textos en cuestión, pero no encontré ninguna justificación para que lo nombraran en los titulares, en el cuerpo de la noticia y, además, pusieran su foto como imagen principal de la información. La noticia se entiende perfectamente sin necesidad de que el lector tenga que apelar al nombre de Diomedes.
El asunto no es menor. Los maestros del periodismo judicial han dicho que una cosa es identificar a una persona con un dato biográfico y otra muy distinta convertir ese dato en el eje narrativo de una noticia. Si el parentesco no explica el delito, no aclara el expediente, no ayuda a entender el modus operandi, no vincula al famoso con los hechos ni aporta un contexto decisivo, entonces su presencia en primer plano no es un servicio informativo. Más bien es un recurso de explotación.
Algo parecido sucedió hace unos años en Cartagena, cuando las autoridades capturaron al padre del empresario y modelo Juan del Mar, quien no tenía nada que ver con el delito que le imputaban al progenitor. Aun así, los medios se empecinaron en nombrarlo de una manera tan insistente como innecesaria, como si su apellido fuera más importante que el hecho mismo.
En el caso de Diomedes hay, además, un agravante: se trata de un difunto. Usar el nombre y la foto de una persona muerta para ilustrar una noticia judicial en la que no tuvo participación alguna es una forma de desconsideración. El muerto no puede defenderse, pero se aprovecha su fama sin rigor y sin respeto.
La fotografía, en este tipo de coberturas, cumple un papel decisivo. A veces el texto puede guardar cierta compostura, pero la imagen hace el trabajo sucio. El lector ve primero la cara del famoso, luego lee la palabra “capturado”, “banda”, “extorsión” o “usura”, y la asociación queda sembrada. Aunque el artículo no afirme que el famoso tenga responsabilidad, el montaje visual le proyecta una sombra. No es una imputación jurídica, pero sí una contaminación emocional.
Desde luego, sí hay casos en los que el parentesco con un famoso puede ser periodísticamente relevante. Si el investigado usó el apellido para abrir puertas, intimidar, conseguir contratos o blindarse; si el famoso intervino, encubrió, financió o presionó; si la relación familiar es indispensable para entender una trama de poder, de negocios o de influencias; o si el hecho afecta de manera directa la esfera pública del famoso, entonces mencionarlo deja de ser un capricho y pasa a ser un dato de contexto totalmente válido.
También puede ser razonable nombrarlo una sola vez, de forma sobria, cuando el parentesco sirve para ubicar al lector y nada más. Eso es muy distinto a un titular armado con el nombre del artista, una foto, un video con sus canciones y una campaña de redes diseñada para que el algoritmo exprima el apellido famoso todo lo que pueda. Ahí ya no estamos ante un matiz de redacción, sino ante una decisión editorial; y esa decisión es cada vez más frecuente en el periodismo digital y en las redes sociales.
Entonces, la pregunta elemental es esta: ¿era necesario mencionar a Diomedes para contar la noticia? Claro que no. El caso podía explicarse entero sin invocar al cantante. Ni la estructura de la banda, ni el papel atribuido al capturado, ni las decisiones judiciales dependían de ese parentesco.
Hay una prueba muy simple para detectar este abuso. Basta con cambiar el apellido famoso por el de un desconocido. Si el capturado hubiera sido hijo de un anónimo, ningún medio habría titulado: “Capturado hijo de Juan de los Palotes”. Nadie lo hace porque ese parentesco carece de valor noticioso, no explica nada, no interesa a nadie y no vende. Y eso desmonta una defensa muy común: la de que se trata apenas de “un dato de identificación”. No. Si fuera solo un dato de identificación, se usaría con el mismo rigor en todos los casos, tanto con el hijo de un cantante como con el hijo de un mecánico, un profesor o un tendero.
Alguna vez escuché a Juan Gossaín decir que “un periodista mentiroso, por supuesto que es antiético. Pero también lo es el periodista irresponsable, aunque no mienta”. Un titular puede ser cierto y, sin embargo, profundamente tramposo en su intención. Una foto puede ser auténtica y, al mismo tiempo, éticamente injustificable por el modo en que desplaza el foco y sugiere relaciones que la investigación no sostiene. No basta con escudarse en que “todo lo publicado es verdad”. Pero resulta que la verdad también tiene jerarquías, proporciones y contextos.
Pero las redes sociales empeoran el cuadro. La lógica de las plataformas premia el sobresalto, la indignación, el morbo y el reconocimiento instantáneo. “Hijo de Diomedes” funciona mejor que un nombre desconocido; “padre de Juan del Mar” circula más que un expediente contado con precisión. Pero que una fórmula rinda en Facebook, X, Instagram o TikTok no la vuelve defendible. Sólo confirma hasta qué punto algunas redacciones han terminado escribiendo no para informar mejor, sino para alimentar la ansiedad del algoritmo.
Ese es uno de los daños más serios del marketing metido en la sala de redacción: empieza a dictar la importancia de las cosas. Ya no manda el interés público, sino el rendimiento del apellido. Ya no importa quién hizo qué, sino a quién se le puede colgar el caso para que la noticia despegue. El periodismo, que debería ordenar la realidad, termina deformándola para volverla más vendible.
A veces se dice que el público “quiere eso” y que los medios sólo responden a una demanda. No es más que una excusa cómoda. El periodismo no está obligado a reproducir todos los impulsos más bajos de la curiosidad colectiva. También tiene la tarea de filtrar, jerarquizar, distinguir y resistirse a las trampas más fáciles de la atención.
Lo más preocupante es que estas prácticas se naturalizan. Se vuelven tan habituales que dejan de escandalizar. Y cuando dejan de escandalizar, empiezan a confundirse con un criterio profesional legítimo, cuando en realidad no son más que una renuncia al rigor en nombre del tráfico.
Pero tampoco se trata de pedir un periodismo aséptico ni de fingir que los apellidos célebres no existen. Se trata de exigir un mínimo de decencia profesional. Una cosa es contextualizar; otra muy distinta es colgarse de un famoso, sin necesidad alguna, solo para vender mejor un escándalo.