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Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor

La muerte de Plinio Apuleyo Mendoza me produjo una vacilación que no esperaba. Apenas conocí la noticia pensé en escribir unas palabras de homenaje, pero bastó asomarme a las redes sociales para guardar el impulso. Los comentarios eran una lluvia de descalificaciones. Lo llamaban gusano, camaleón, sapo, lambón, arribista, oportunista, fascista, infidente, pegado como garrapata a la fama de García Márquez… y unos cuantos calificativos más. Por un momento pensé que cualquier elogio sería interpretado como un respaldo a sus ideas políticas. Es decir, a mí también me tratarían de sapo.

Después comprendí que estaba mezclando dos asuntos que no necesariamente tienen relación. Una cosa es la valoración de un hombre en el terreno político y otra muy distinta la valoración de su obra literaria. Mi reconocimiento nunca ha tenido que ver con sus posiciones ideológicas. Tiene que ver con el escritor del que aprendí a mirar el idioma con mayor cuidado.

Debo decir, además, que jamás fui un lector disciplinado de sus columnas de opinión. Las leía de vez en cuando, pero casi nunca despertaban mi interés, me tenían sin cuidado, porque en realidad mis encuentros con Plinio ocurrieron en sus libros, no en sus polémicas periodísticas.

El primero que me deslumbró fue “El olor de la guayaba”. La mayoría de los lectores llega hasta esas páginas atraída por las confesiones de Gabriel García Márquez. Yo terminé descubriendo otra cosa. Las introducciones escritas por Plinio siempre me parecieron más sugestivas que muchas respuestas de Gabo, repetidas hasta el cansancio, una y otra vez, en entrevistas, documentales y conferencias.

Allí advertí una cualidad que volvería a encontrar en toda su obra. Sabía presentar un personaje, reconstruir una época y preparar el escenario con una naturalidad admirable. Cuando el lector llegaba al tema principal, ya estaba completamente atrapado por el ambiente que Plinio había construido.

Con “La llama y el hielo” confirmé aquella impresión. El texto dedicado a Álvaro Cepeda Samudio continúa pareciéndome una de las páginas más bellas que se han escrito sobre la Barranquilla de los años cincuenta. Allí revive las redacciones de los periódicos, las tertulias interminables, las amistades, las discusiones y el espíritu bohemio de una generación irrepetible.

En ese mismo libro aparece un retrato de los herederos de las grandes fortunas latinoamericanas, que todavía me asombra por su lucidez. No caricaturiza a sus personajes ni los convierte en villanos. Los observa, los comprende y los describe con una precisión asombrosa.

Otra joya es “El caso perdido”, donde relata su primer encuentro con un joven Gabriel García Márquez. El futuro Nobel aparece bullero, extravagante, mal vestido y bastante payaso. Esa escena tiene una frescura extraordinaria porque desmonta la imagen solemne que el paso de los años terminó construyendo alrededor de Gabo.

También vuelvo con frecuencia a “Postales de una vida”. Allí revive la Bogotá de su infancia, la ciudad anterior al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, aquella sociedad cachaca con sus costumbres, sus maneras de hablar y su particular visión del mundo. Más adelante aparecen Barranquilla, París y otras ciudades que marcaron su existencia.

Tampoco puedo olvidar “El desertor”, ni novelas como “Años de fuga” y “Cuatro días en la isla”. Todos esos libros confirman que Plinio no era únicamente un periodista con buena prosa. Era un escritor de amplios recursos, como lo muestra en su crónica “El funeral de Pablo Neruda: Primer acto público de oposición”.

Lo que más aprendí de él fue la importancia de la precisión. Hay autores que deslumbran por la abundancia de palabras, pero Plinio conseguía el mismo efecto por el camino contrario. Elegía el término exacto, construía frases limpias y encontraba metáforas que parecían inevitables.

Muchos jóvenes creen que escribir consiste únicamente en tener imaginación. Basta leer unas cuantas páginas de Plinio para descubrir que la imaginación necesita disciplina, paciencia y una enorme capacidad de escoger la palabra adecuada.

Hace varios años apareció un libro titulado “En qué momento se jodió Colombia”. Diversos autores intentaban responder esa pregunta desde perspectivas distintas. Plinio abrió su ensayo con esta frase: “Colombia se jodió el 9 de abril de 1948 a las dos de la tarde”.

Nunca me ha gustado esa entrada, aunque tenga eficacia literaria. Jamás compartí su conclusión histórica. A mi juicio, la violencia colombiana ya venía desangrando regiones enteras mucho antes del asesinato de Gaitán. Lo que ocurrió aquel día agravó una tragedia que llevaba bastante tiempo desarrollándose, mientras buena parte del país urbano apenas alcanzaba a conocer noticias fragmentarias de lo que sucedía en las montañas y en los campos.

Ese desacuerdo nunca disminuyó mi admiración por el escritor. Al contrario. Me enseñó que es perfectamente posible disentir de un autor y seguir aprendiendo de sus libros.

Tengo la impresión de que esa capacidad de distinguir se está perdiendo. Hoy parece obligatorio aprobar o condenar a una persona en bloque. Si descubrimos un defecto, sentimos la necesidad de negar todas sus virtudes. Si discrepamos de sus ideas, concluimos que tampoco merece reconocimiento por aquello que hizo bien.

Ese procedimiento puede servir para alimentar discusiones en las redes sociales, pero resulta muy pobre cuando hablamos de literatura. Los buenos lectores no buscan santos. Buscan buenos libros. Tampoco esperan encontrar seres humanos impecables. Les interesa descubrir inteligencia, belleza, oficio y capacidad para transformar la experiencia en palabras memorables.

La historia de la literatura demuestra que el talento y el comportamiento personal no siempre viajan de la mano. Hay escritores admirables cuya vida estuvo llena de contradicciones. También existen personas ejemplares incapaces de escribir una página que sobreviva al paso de los años. Confundir esos dos planos conduce a errores de apreciación.

Yo prefiero recordar a Plinio Apuleyo Mendoza sentado frente a una hoja de papel, corrigiendo una frase hasta dejarla exactamente donde debía estar. Ese es el hombre que encontré en sus libros y del que aprendí más de una lección sobre el oficio de escribir.

A Plinio podrán seguir llamándolo gusano, camaleón, payaso, sapo, lambón, arribista, oportunista o cualquier otro adjetivo que dicte la pasión política de cada cual. No voy a discutir ese inventario. Lo único que sé es que Colombia cuenta con un montón de payasos enciende redes, quienes —estoy casi seguro— jamás escribirían ni media página con la precisión, la elegancia y el dominio del idioma que él alcanzó. Yo prefiero quedarme con ese Plinio: el escritor gigante que me enseñó, desde sus libros, que una buena prosa también puede ser una gran escuela.

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